Me gustan los girasoles, cariño, y me regalaste un campo en tu mirada, tan bosque tú, tan pradera, que vi tus ojos anaranjados y verdes. Me abracé a sus colores aspirando el olor vibrante de tus pupilas y las salté convertida en una niña traviesa y juguetona. Caía la tarde mientras deshojaba mi boca cientos, miles de pétalos, arropándolos, tibios, entre los labios, y sabías a primavera y a luz, al crepúsculo inmediato que intentaban retardar mis ansias y que, cuando entorné los párpados, era tan cierto como el perfume fugaz de ese mirar tuyo tornasolado que se llevó la noche.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
El infinitivo de nuestro verbo acuna nuestros corazones.
domingo, 28 de agosto de 2011
Alzheimer
Me llamo María, tengo setenta y cinco,
La vida me ha tratado bien, tengo dos hijos,
y cuatro nietecillos estupendos.
Luis, mi marido, murió en agosto,
no logro acostumbrarme a su silencio.
También parte de mí se fue con él
volando como cantan las tortugas.
Mis tres hijos me dicen que me anime
y el médico que ande y ejercite
memoria, brazos, piernas y bombillas,
que a usted le queda mucho todavía.
El día de san… bueno, de mi santo,
Francisco y yo cumplimos no sé cuantos,
rodeados de los niños, no, las niñas,
bueno, qué sé yo, de todo eso,
casados, ay que ver, como nosotros,
el tiempo que se va y no deja casi...
Quisimos celebrarlo como entonces,
anillos, las…eh, ramos de claveles
y…
Ayer, sin ir más lejos, mi marido
me pidió unos huevos fritos...
y a mi madre, con limón, la vuelven loca,
me ha dicho que el Latín me va a gustar
y en el campo no corras demasiado,
qué lástima no haber tenido hijos…
Mamá, qué guapa estás con el anillo,
estoy torpe con los pies y la pizarra,
y a veces el sofá no está en su sitio.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
